(Vol.
34: 1-2; 2004)
RESUMEN
En este trabajo se aborda la evolución de la deuda
pública uruguaya en el largo plazo. A tales efectos se lleva a cabo un análisis
de los niveles de endeudamiento, su
estructura, los instrumentos utilizados, la dinámica de la concertación de las
deudas, los episodios de default,
y también los arreglos y negociaciones que permitieron –en cada ocasión-
recomponer el crédito público.
El estudio permite identificar dos escenarios
similares durante los períodos de globalización de la economía mundial, que
caracterizan las últimas décadas de los siglos XIX y XX. En ambos, el fuerte
endeudamiento público se explica en gran medida por el incremento de la deuda
con los centros financieros internacionales, a través de los cuales se canaliza
el ahorro externo.
Entre esos extremos y especialmente a partir del
cerramiento y el bloqueo al movimiento de capitales que trajo aparejada la Gran
Depresión –en un Uruguay que crecía hacia adentro sobre la base del desarrollo
industrial–, el Estado encontró su fuente de financiación en el ahorro interno,
dando por resultado una disminución relativa de la vinculación y de la
dependencia respecto a los centros mundiales.
ABSTRACT
This
document presents a long-term evolution of the Uruguayan public debt. It
analyses the country’s indebtedness, its structure, the instruments applied to
cover it, the dynamics of the agreements on debts, the existence of defaults and the consequent
negotiations and settlements to make up public accounts.
Two
similar phases are identified, corresponding to the major globalization boosts
in the world economy typical from the last decades of the 19th and 20th
Centuries. At both of them, the State is heavily indebted mainly to
international financial centres which channelled the foreign savings.
Between
these periods, and especially after the closure and stoppage of the
international capital movements due to the Great Depression, Uruguayan
Government had to resort to domestic savings to fund its fiscal gaps. While the
country adopted an “inwards growth path” on the basis of industrial
development, this source of funding meant a reduction in the country’s links to
the international system and in its dependence from the core economies.
Magdalena Bertino, Magister en Historia Económica,
Investigadora y Coordinadora del Área de Historia Económica del Instituto de
Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la
Universidad de la República y co-directora del Proyecto I+D de la Comisión
Sectorial de Investigación Científica “Las finanzas públicas uruguayas en el
siglo XX y el papel redistributivo del Estado”.
Autora de “Integración y estructura del capital en
la industria textil uruguaya 1930-1960” (2004), coautora de “El PBI de Uruguay
1900-1955” (1999) y de los dos primeros tomos de la “Historia Económica del Uruguay”,
Tomo I : “Desde los orígenes hasta 1860” (1991) y Tomo II: “1860-1910” (1996).
Reto Bertoni, Magíster en Historia Económica y candidato a
Doctor en el Programa de Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de la
República. Docente Investigador en el Área de Historia Económica del Instituto
de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración y en el
Programa de Historia Económica y Social de la Facultad de Ciencias Sociales de
la Universidad de la República.
Co-director
del Proyecto I+D de la Comisión Sectorial de Investigación Científica “Las
finanzas públicas uruguayas en el siglo XX y el papel redistributivo del
Estado”.
Autor de “Economía y Cambio Técnico. Adopción y
Difusión de la Energía Eléctrica en Uruguay (1880-1980)” (2002), “Innovación y
(sub)desarrollo. El caso de la Energía Eléctrica en Uruguay” (2003) y coautor
de
“Sostenibilidad fiscal en Uruguay (1930-1959): el financiamiento del
déficit” (2004).
Parece bueno comenzar evitando confusiones, para ello es necesario remarcar el alcance del título y del contenido de este artículo: el objeto de estudio es la deuda pública uruguaya, aquella contraída por el Estado, a la que dividimos en deuda pública externa y deuda pública interna. Por lo tanto, cuando nos referimos a deuda pública externa, obviamente, no estamos hablando de la deuda externa bruta uruguaya, sino de su componente principal: la deuda externa pública o estatal.
La aclaración es
especialmente significativa cuando se alude
a la deuda externa, porque los análisis macroeconómicos se refieren
a deuda externa bruta, o sea la contraída por los sectores público y privado
de la economía. Además, los “arreglos” de la deuda externa –pública y privada–
en forma incipiente desde los años treinta y especialmente desde los ochenta,
fueron negociados entre el Estado y los acreedores externos.
Históricamente, la deuda externa uruguaya fue contraída por el Estado, lo que se explica por la reducida dimensión económica del país y por el importante papel desempeñado por el sector público en el crecimiento de la economía nacional. El endeudamiento del sector privado, al menos hasta el último cuarto del siglo XX, no tuvo una significación relevante dentro del endeudamiento externo total, y provino principalmente de deudas vinculadas al comercio internacional como lo eran los créditos de los proveedores a las empresas importadoras. A partir de la liberalización del sistema financiero en marzo de 1976 (que deja sin efecto el curso forzoso de la moneda uruguaya, declarándose válidos todos los contratos celebrados en el país en cualquier moneda), se opera un cambio muy importante en las obligaciones contraídas por el sector privado con el exterior, pasando al predominio absoluto de las financieras, que se originaron en su mayor parte en el acelerado incremento de los depósitos de no residentes en bancos de la plaza uruguaya.
Sin duda que la
articulación de un sistema tributario y de instituciones capaces de efectivizar
la recaudación formó parte del importante desafío que debieron enfrentar los
países latinoamericanos en su proceso de modernización. No obstante, las
urgencias financieras de los estados, la inestabilidad endémica de los
gobiernos frente a las guerras civiles e internacionales y la parsimonia con
que avanzó la conciencia tributaria en estas sociedades, impusieron la
necesidad de apelar al endeudamiento como vía de financiamiento del gasto
público en expansión.
En la medida que
se intentó colocar títulos de deuda pública en el medio local o en el mercado
internacional de capitales, resultó de fundamental importancia el grado de
confianza que despertara la administración o lo que es lo mismo, cuál era la
situación del crédito público. La confiabilidad evolucionaría en función del
grado de cumplimiento de los compromisos pactados, de la evolución general de
la economía y particularmente, del desempeño financiero de los gobiernos. El
estado del crédito público determinaba la posibilidad de atraer el ahorro
privado (nacional o extranjero) y las condiciones en que se concretaba el
empréstito (plazo, interés, garantías, etc.).[2]
En Uruguay, la deuda pública
fue un mecanismo clave para la sobrevivencia del endeble aparato estatal
surgido de las negociaciones entre argentinos, brasileños y británicos en 1828.[3]
Durante la construcción progresiva del
Estado moderno se pasó de la entrega de la administración de la aduana a los
acreedores (lo que recuerda la venta de derechos a la recaudación de impuestos
practicada durante el Antiguo Régimen), al endeudamiento garantizado por las rentas estatales, en
especial los derechos de aduana. Hasta la década del ochenta del siglo XIX el
capital local (fundamentalmente el comercio de Montevideo) fue el principal
prestamista del Estado[4],
aunque en los años sesenta ya se había concertado el primer préstamo en la
plaza de Londres.
A pesar de las fuertes
crisis operadas, la modernización de la administración pública dio lugar a una
paulatina consolidación del crédito público y aseguró a los gobiernos, al
comenzar el siglo XX, disponer de una
importante fuente de financiamiento. Hasta los años previos a la Primera Guerra
Mundial, en el marco de una fuerte expansión del mercado internacional de
capitales, Uruguay pudo colocar empréstitos en el exterior que contribuyeron a
mejorar el perfil de la deuda pública (conversión de deuda interna en externa
en mejores condiciones de plazo e interés) y financiar un interesante plan de
obras. Este recurso constituyó un pilar del denominado “modelo batllista”.
La desarticulación de la
economía internacional que sobrevino en 1914, condicionó en gran medida las
fuentes de financiamiento. Aunque el crédito internacional retornó en los años
veinte y permitió interesantes colocaciones de títulos en el exterior entre 1926
y 1930, los papeles públicos fueron emitidos cada vez en mayor magnitud en el
mercado doméstico. Este destino fue el único después de 1930. Ello convirtió a
la deuda interna en la clave para satisfacer las necesidades financieras del
sector público.
Aunque desde los años
cuarenta el país accedió a préstamos directos provenientes del EXIMBANK (Banco
de Exportaciones e Importaciones de los Estados Unidos) y en los cincuenta el
Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo participaron en la financiación
de importantes obras de infraestructura, fue en los años sesenta que la
estructura de la deuda pública uruguaya sufrió cambios trascendentes.[5]
Este fenómeno se asoció, además, a la imposibilidad de captar ahorro interno en
el marco del proceso inflacionario en curso, a través de un instrumento como
los títulos de deuda interna, nominados en pesos y con una tasa de interés real
negativa.[6]
Para superar esta restricción fue necesario apelar a la emisión de “bonos del
tesoro” en dólares.
A pesar de ello, la
principal fuente de financiamiento volvió –como a fines del siglo XIX– a
encontrarse en el exterior: a la tradicional emisión de títulos de deuda en el
mercado internacional de capitales se sumaron el endeudamiento con los
organismos internacionales de crédito y también –en los años setenta– los
préstamos obtenidos de la banca transnacional. A través de estos instrumentos
se expandió, de manera notable, la deuda externa. Fue entonces cuando,
estimulados por la “plata dulce” originada en los petrodólares y ejerciendo
dictatorialmente el poder, los militares uruguayos y sus técnicos asesores
apostaron al juego de la globalización financiera.
Una instancia crucial de
este proceso tuvo lugar en noviembre de 1982, cuando quebró la “tablita”.[7]
El salvataje del sistema financiero, a través del mecanismo de la compra de las
carteras de varios bancos privados por parte del Estado, llevó a un incremento
sin precedentes de la deuda pública externa.
La “crisis de la deuda” en
los ochenta, que afectó a varios países deudores de la periferia del sistema,
también impactó a Uruguay y su superación estuvo asociada a las sucesivas
renegociaciones que –bajo la tutela del Fondo Monetario Internacional–
culminaron con el ingreso del país al Plan Brady (1991). Ello abrió la posibilidad
de retornar al mercado internacional de capitales.
Los noventa, años
culminantes de la globalización financiera, ofrecieron un incentivo a la
tendencia secular de los gobiernos uruguayos de apelar al ahorro externo para
cubrir sus necesidades financieras. Ello se efectivizó vía colocación de
títulos de deuda pública en diversos mercados con participación de inversores
institucionales. No obstante, desde la reforma de la seguridad social en 1995,
se contó en el mercado local con un nuevo agente que por imposición legal debió
adquirir títulos de deuda pública interna nominados ahora en dólares: las AFAP
(Administradoras de Fondos de Ahorro Previsional). La acción sinérgica de estos
elementos hizo evolucionar fuertemente al alza el endeudamiento público.
Al finalizar el siglo XX el
estado uruguayo vivía las vísperas de una nueva crisis, cuya superación sólo
sería posible con un nuevo empuje del endeudamiento público, particularmente
con los organismos multilaterales de crédito.
En la historia de la deuda
pública uruguaya se identifican cuatro ocasiones[8] en las que se llegó a la
cesación de pagos, y en las cuatro el extremo tuvo lugar en medio de crisis internacionales: el origen
de la “gran depresión” del siglo XIX se asocia a la moratoria decretada en
1875, la suspensión del servicio en 1891 es una de las manifestaciones del la
gran “crisis mundial del 90”, la decisión de suspender la amortización adoptada
en noviembre de 1914 se da en el marco del estallido de la Primera Guerra
Mundial y la decisión de incumplimiento decretada en enero de 1932 es una de
las medidas adoptadas para hacer frente a los efectos de la “Crisis del 29” y
los inicios de la “Gran Depresión”, en el país. Las profundas crisis de 1982 y
2002 no desembocaron estrictamente en incumplimientos en el servicio de la
deuda pública, aunque su impacto haya sido muy importante en el nivel de
endeudamiento y se haya tenido que afrontar instancias de reestructura de
pasivos, negociaciones de nuevas condiciones y canje de deuda.
Algunas estimaciones, empalmes y compatibilización de las series ofrecidas por las estadísticas oficiales, permiten una aproximación al comportamiento de la deuda pública uruguaya en el largo plazo. Como puede apreciarse en el Cuadro 1, en los albores del Uruguay moderno –1880– la deuda rondaba los 50 millones de dólares estadounidenses, al iniciarse el siglo XX ascendía a aproximadamente 110 millones y al comienzo del siglo XXI (2002) superaba los 11.000 millones. En el transcurso de los últimos cien años, el monto del endeudamiento público se multiplicó por cinco, en términos reales.
Al eliminar el factor precios, se puede constatar que los períodos de máximo crecimiento de la deuda pública uruguaya se ubican en las tres o cuatro décadas previas a la Primera Guerra Mundial y en las tres décadas finales del siglo XX (con tasas de crecimiento cercanas al 6% acumulativo anual). Ambos períodos han sido definidos como momentos decisivos en el proceso de globalización de la economía occidental. En ese marco, Uruguay protagonizó fenómenos de “crecimiento con deuda” caracterizados por una alta volatilidad y marcados por profundas crisis (1890 y 1913 en el primer caso; 1982 y 2002 en el segundo).
|
CUADRO 1 URUGUAY. DEUDA
PÚBLICA EN MILLONES DE DÓLARES ESTADOUNIDENSES (1870-2002) |
||
|
|
Dólares
Corrientes |
Dólares de 1913*
|
|
1870 |
16,5 |
11,9 |
|
1880 |
46,6 |
42,6 |
|
1890 |
77,7 |
80,9 |
|
1900 |
110,4 |
122,2 |
|
1910 |
115,1 |
115,1 |
|
1920 |
153,9 |
76,2 |
|
1930 |
204,1 |
121,0 |
|
1940 |
297,6 |
210,5 |
|
1950 |
611,9 |
251,4 |
|
1961 |
421,3 |
139,5 |
|
1970 |
409,2 |
104,4 |
|
1980 |
1395,5 |
167,7 |
|
1990 |
5227,0 |
395,9 |
|
2000 |
9132,3 |
525,0 |
|
2001 |
10072,1 |
563,0 |
|
2002 |
11386,0 |
626,6 |
|
* Se utilizó como deflactor el IPC de
USA (1913=100) Fuentes:
Anuarios estadísticos de la DGE; BCU; INE. IPC
de USA: U.S. Department Of Labor Bureau of Labor Statistics Consumer Price
Index All Urban Consumers. |
||
Aunque el monto de la deuda pública constituye una materia prima fundamental para el análisis, dicho nivel sólo adquiere total sentido al compararlo con el tamaño de la economía en cuestión. Una forma de estimar esto es a través de la relación (ratio) entre el stock de la deuda y la riqueza creada en el país cada año (PBI). Las variaciones en el ratio deuda pública - PBI constituyen un indicador de la capacidad de endeudamiento, al evidenciar lo que significa el peso de la deuda pública para el esfuerzo productivo nacional. En el Gráfico I, se presenta dicha relación entre 1870 y 2000.

Fuentes:
Anuarios estadísticos de la DGE; BCU; INE; Bértola,
L. (1998); Bertino, M. & Tajam, H. (1999).
En el marco del primer
fuerte proceso de endeudamiento, la magnitud del peso de la deuda a fines del
siglo XIX llegó a equivaler al 80% del PBI. En las tres primeras décadas del
siglo XX, la relación disminuyó para ubicarse –en los años veinte– por debajo
del 40%. Debe recordarse que la desarticulación económica internacional que se
operó a partir de la Primera Guerra Mundial dificultó notablemente el acceso al
ahorro externo. Los problemas cambiarios que sobrevinieron con la “Gran
Depresión” de los años treinta y el virtual estancamiento productivo hasta el
final de la Segunda Guerra Mundial, explican que la deuda pública trepara al
55% del producto en los quince años siguientes. Es de destacar el impresionante
impacto que debe haber tenido sobre la economía uruguaya ese fenómeno que se
refleja en un salto del ratio de 0.36 a 0.70, entre 1930 y 1933.[9]
El predominio de la emisión
de deuda en moneda nacional hasta 1958 y las altas tasas de crecimiento del PBI
durante la década siguiente a la Segunda Guerra Mundial, cuando llega a su
apogeo el modelo de desarrollo “hacia adentro” o por sustitución de
importaciones (ISI), llevaron a una
caída de la relación hasta niveles inferiores al 25%, en aquel año.
El proceso inflacionario, que acompañó al estancamiento económico cuando se agotó el modelo ISI, se gestó a fines de los años cincuenta e hizo eclosión en los sesenta; los desequilibrios macroeconómicos condujeron a engorrosas negociaciones con los organismos multilaterales para obtener financiación. Como resultado de la acción conjunta de estos fenómenos y del pasaje del estancamiento a un efímero período de crecimiento de la economía uruguaya entre 1968 y 1971, se aprecia en la serie una gran volatilidad, aunque con niveles bajos de la relación deuda-PBI.
El drama que significó la “crisis de la deuda” para Uruguay queda de manifiesto en los niveles alcanzados por la relación deuda-PBI en los años ochenta. Y, una prueba de lo poco que aprendemos de la historia, se evidencia en lo ocurrido en 2002. En 1985 y en 2002 la deuda pública circulante superó a la riqueza producida en el año.
Otra forma de aproximarnos a las características del endeudamiento público y su impacto en la economía, es analizar la estructura del mismo. Una mirada de largo plazo, permite afirmar que –en este sentido– la evolución de la deuda pública uruguaya es una historia de ida y vuelta. En el Cuadro 2 se presenta una estimación del porcentaje de la deuda en manos de tenedores residentes y no residentes.[10]
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Cuadro 2 Deuda Pública
Uruguaya según residencia de los acreedores (%) (en pesos
corrientes) |
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|
|
No residentes |
Residentes |
|
1900 |
63 |
37 |
|
1950 |
21 |
79 |
|
2000 |
67 |
33 |
|
Fuentes: Bertino, M. & Bertoni, R. (2003); Dirección de Crédito Público;
BCU. |
||
Como surge de
las cifras, al comenzar el siglo XX el estado uruguayo dependía
predominantemente del ahorro externo para satisfacer sus necesidades
financieras y lo mismo ocurre al iniciarse el siglo XXI. Entre ambos extremos,
y en el marco del período de cerramiento que caracterizó a la economía mundial
(1930-1950), el ahorro interno constituyó la fuente de financiamiento
excluyente. Este análisis parecería aportar evidencia con relación a los
efectos de los impulsos globalizadores de la economía mundial en la estructura
del endeudamiento público.
Es de destacar
que a fines de los años treinta ya la deuda con residentes superaba a la que el
estado uruguayo mantenía con no residentes y que, hacia 1958 constituía más del
80% del total. El camino inverso se transitó en la década del sesenta, ya que
al final de la misma, la deuda con residentes llega a ubicarse en torno al 20%.
Una vez
constatado que a comienzos y a fin del siglo XX, el nivel del endeudamiento
público estuvo determinado en gran medida por la deuda con no residentes, es
interesante aproximarnos a una medida relativa de la dependencia financiera con
el exterior a los efectos de comparar situaciones. El indicador que hemos
elegido es la relación (ratio) entre el monto de la deuda pública externa y el
valor de las exportaciones al final de cada año. La lectura de esta relación
nos indica cuántos años de exportaciones se precisarían para saldar la deuda
con el exterior (Gráfico II).

Fuentes: Anuarios
estadísticos de la DGE; BCU; INE; Finch, H. (1980); Bértola, L. (1992); BCU.
Como decíamos al
comienzo de este artículo, la deuda
pública tuvo un enorme peso sobre las finanzas públicas del Uruguay, desde su
fundación como país independiente. El endeudamiento motivado en la destrucción
producida por las guerras civiles y regionales,
los déficit fiscales y la debilidad del sistema tributario, se
multiplicó por el accionar fuertemente especulativo de los prestamistas del
Estado, fundamentalmente el alto comercio montevideano. Junto a las guerras civiles
endémicas, el servicio de la deuda fue la principal causa del déficit fiscal y,
para enjugarlo, se emitían nuevos
compromisos. En 1864 y en 1871 se
concertaron préstamos en la plaza
financiera de Londres, pero fue a partir de 1883 que la deuda externa pasó a
ser la principal forma de endeudamiento público
1) ... y en el comienzo fue la deuda externa: modernización, globalización y endeudamiento
externo (1883-1913)
En 1883, en un escenario de abundancia de capitales en el centro financiero internacional, se concertó en Londres el Empréstito Unificado 5%, por 11:127.000 libras ($52.296.900, a la par legal de $4,70 por libra, equivalentes a U$S 53.364.184, a la par legal de $0,98 por dólar), una megaoperación que convertía el 95% del total de deuda pública circulante, interna y externa.[11] Las condiciones en que se concertó el empréstito han sido severamente criticadas, desde la especulación que tuvo lugar con títulos que algunos grupos de financistas sabían que iban a entrar en la conversión, y que adquirieron por una mínima parte del valor en que fueron convertidos, hasta las condiciones de rescate a “la par” establecidos para los títulos de la nueva deuda.
Cinco años después se concertaba, en la misma plaza financiera pero ahora con la firma Baring, otro empréstito, por más de 4 millones de libras, que convertía las deudas internas contraídas desde 1883. En 1890 se emitieron otros 2 millones, también con la firma Baring, para cancelar el déficit estatal.
En 1891, en medio de una
gran crisis financiera y bancaria, que causó
la quiebra del Banco Nacional (de Emilio Reus) donde estaban depositados
los fondos del Estado, éste suspendió el servicio de la deuda pública externa e
interna. Además de rebajar los sueldos públicos y aumentar los aranceles aduaneros,
el gobierno envió de inmediato una misión a Londres a negociar la deuda con el
objetivo de llegar a un acuerdo para restablecer el servicio, lo que permitiría
volver a acceder al crédito. El resultado fue la llamada Deuda Consolidada de
1891 que unificaba en una sola las tres deudas externas existentes (concertadas
en 1883, 1888 y 1890), rebajaba el interés del 6% al 3,5% anual, disminuyendo
también la garantía pagada a las empresas ferrocarrileras (también británicas)
del 7% al 3,5%. El monto de la deuda superaba a los 20 millones de libras y se
amortizaría al 1% anual no acumulativo, extinguiéndose en 100 años. Se afectaba
a su pago el 45% de las rentas de la Aduana, que ésta entregaría diariamente al
agente de los acreedores ingleses, el Banco de Londres y del Río de la Plata en
Montevideo. Los
ingresos de aduana significaban las 2/3 partes de los recursos del
estado uruguayo, lo que da idea de la restricción presupuestaria que imponía el
arreglo a las finanzas públicas. Bajo estas condiciones se restableció
el servicio en 1892, y Uruguay pudo volver a participar de la expansión global del capitalismo
decimonónico.
Al iniciarse el
nuevo siglo, del total de la deuda pública circulante, que se ubicaba en torno
a los 125 millones de pesos, 80% había sido emitida en el exterior. Este predominio de la deuda externa se intensificó en los
primeros años del siglo debido a la abundancia de capitales en el mercado
internacional, con el consiguiente nivel descendente de las tasas de interés. A
las condiciones internacionales favorables se agregó –en lo interno– la
pacificación del país. El ciclo de las guerras civiles se cerró en 1904 con la
victoria gubernamental sobre la insurrección
comandada por Aparicio Saravia, iniciándose un proceso que conduciría a que
la lucha por el poder entre los dos grandes partidos, el Partido Colorado y el
Partido Blanco o Nacional, se realizara a través de la contienda electoral. La
escrupulosidad con que se manejaron las finanzas públicas por parte de los
gobiernos de José Batlle y Ordóñez (1903-1907 y 1911-1915) y de Claudio
Williman (1907-1911), fue elogiada por las clases conservadoras locales y
tomadas en cuenta por los ministros de las potencias europeas radicados en
Montevideo y por los banqueros ingleses, franceses y alemanes, a quienes
llegaban sus informes.[12]
En estas
condiciones el gobierno de Batlle y Ordoñez logró realizar una importante
conversión de deuda interna en deuda externa. Para el gobierno la conversión
tenía la ventaja de empujar al capital nacional hacia las inversiones en las
actividades productivas, frenando al mismo tiempo las expectativas de
especulación de los tradicionales tenedores de títulos públicos.
En los años
siguientes, a pesar de los resultados superavitarios de los ejercicios
fiscales, las necesidades financieras del Estado fueron en aumento. En 1909 se
suscribió el "Empréstito de Obras Públicas 5%", la emisión por
primera vez no se realizaba en Londres sino en París. Es importante remarcar que se trató de la primera operación
de este tipo fuera de Londres y sin afectación de garantía. El empréstito
estuvo destinado a obras de vialidad, saneamiento y edificios estatales.
El predominio de la emisión
de títulos de deuda en el extranjero es muy claro al comparar la evolución de
la deuda externa e interna en el período. Entre 1905 y 1913 se colocaron tres
emisiones de deuda externa por un monto de 38,5 millones de pesos, mientras que
las seis deudas internas emitidas en el mismo período sólo ascendieron a 11,5
millones, esto es el 23% de los bonos de
deuda pública colocados en el período.
2) El ahorro interno: una alternativa ante la crisis financiera
internacional (1914-1930)
La situación
internacional fue tornándose progresivamente compleja en el comienzo de la
segunda década del siglo XX. La agudización de las tensiones auguraba el
desencadenamiento de un conflicto bélico de grandes dimensiones y esto afectó
de manera importante al mercado internacional de capitales. El acceso a
empréstitos se hizo especialmente difícil para los países no europeos.
En estas
circunstancias el Estado uruguayo, embarcado en un plan de reformas de gran
envergadura a partir de 1911 (segunda presidencia de José Batlle y Ordóñez),
tuvo que recurrir al "expediente provisorio" de la emisión de Letras
de Tesorería, que se descontaban en Londres o París o en la plaza local, con un
plazo no superior a un año y rescate a la par. Producto de esta modalidad de
financiamiento la deuda flotante, de corto plazo, trepó a casi 6 millones de pesos.[13]
En 1913, el
único crédito que se logró concertar en el extranjero, fue el "Empréstito Títulos 5% oro de
1914", conocido también como
"Ethelburga" por el nombre del principal agente emisor. El monto
autorizado era de dos millones de libras, las plazas emisoras Londres y Amberes
y los cupones podían cobrarse en ambas plazas y también en Montevideo. La debilidad del mercado de capitales debido
a la tensa situación internacional explica el fracaso parcial del empréstito
–del cual sólo se pudo colocar el 50% de
la emisión autorizada– y las condiciones gravosas en que hubo de emitirse Como
era habitual en los empréstitos concertados en Londres hubo que aceptar la
afectación como garantía de los derechos de Aduana, comprometiéndose para ello,
el excedente de los ingresos aduaneros sobre compromisos anteriores (empréstitos de 1891, 1896 y
1905).
Los años de la
Primera Guerra Mundial y de la inmediata posguerra constituyen un período de
grandes cambios en la historia de la deuda pública uruguaya. El Estado se vio
compelido a decretar la suspensión de la amortización de la deuda pública y
buscar fuentes de financiamiento alternativas ante el descalabro del mercado de
capitales en Europa. Un primer ensayo para apelar a los capitales
norteamericanos se llevó a cabo en 1915, pero la City neoyorquina –dada la
situación bélica- sólo de manera paulatina se fue convirtiendo en una opción
real. Ante las dificultades en el exterior, el mercado local de capitales se
constituyó en la salida obligada. En este terreno el Estado uruguayo consiguió
consolidar el crédito público y captar ahorro doméstico para la financiación
del gasto, en una coyuntura de fuertes déficit fiscales.
El estallido de
la Primera Guerra Mundial provocó la desintegración del orden económico
internacional. El quiebre del "patrón oro" obligó al gobierno
uruguayo a resolver el fin de la convertibilidad el 8 de agosto de 1914. Desde
entonces varias prórrogas la mantuvieron hasta que, en 1923, se declaró que la
inconvertibilidad del peso uruguayo se mantendría mientras no mediara decisión
legislativa en contrario.
El fin de la
convertibilidad y la desarticulación del conjunto de arreglos institucionales
que subyacían al régimen del "patrón oro" puso sobre el tapete el
problema de las obligaciones con el exterior. Por ello, después de las
consultas necesarias y la aquiescencia del "Consejo de Tenedores de
Londres" el gobierno decretó el 25 de noviembre de 1914 la suspensión de
la amortización de las deudas públicas, internas y externas. La medida se justificaba en la dificultad de enviar
fondos a Europa durante la guerra; en el escaso interés por la amortización de
los prestamistas, en esos años de deprimida situación financiera; y en las
dificultades del Estado uruguayo a partir de la reducción de los ingresos
fiscales por el acusado descenso de las importaciones durante la guerra. La
suspensión de la amortización de las cinco deudas externas (Consolidada de 1891, fundación del Banco República de
1896, Conversión de 1905, Obras Públicas de 1909 y Ethelburga de 1914) significaron un ahorro de más de dos
millones de pesos anuales.[14]
La moratoria se
extendió hasta julio de 1921, cuando se
reanudó la amortización de las deudas.
Recién en 1925 quedó consumado el "arreglo" para el pago de
los servicios suspendidos entre 1915 y 1920 (Misión Hughes). Respecto a la
deuda interna, la suspensión del pago de la amortización se extendió hasta de
1925.
En 1915, tiene
lugar la suscripción de dos empréstitos en Nueva York, lo que permite ubicar el
inicio de la transición de la hegemonía financiera británica a la
estadounidense. De allí en más, lo excepcional será recurrir a Londres y lo
habitual dirigirse a Nueva York.[15]
Las necesidades
financieras del sector público aumentaban, al tiempo que lo hacían las
dificultades para acceder al crédito. El fracaso de la segunda parte del
empréstito Ethelburga y de otros préstamos proyectados, daba la pauta de las
complicaciones a las que había que hacer frente. Algunos atribuyeron al
reformismo social del gobierno y a su enfrentamiento con el empresismo inglés
la causa de esos fracasos. Lo cierto es que las urgencias financieras, ante el
cierre de los mercados financieros europeos durante la guerra, obligaron a
buscar crédito en el nuevo centro financiero que comenzaba a vislumbrarse, así
como a recurrir más intensamente a la plaza local. Entre 1914 y 1919 se
realizaron ocho emisiones de deuda interna por un monto de 46 millones de
pesos, las cuales se colocaron en un 97%. La fluidez con que operó el mercado
de valores local en los años de la “Gran Guerra”, encuentra su explicación en
los excedentarios resultados de la balanza comercial y la acumulación de
ingentes sumas por parte de los sectores vinculados a la exportación. Esto significó
una inflexión en la orientación de la deuda pública uruguaya ya que el ahorro
doméstico contribuyó a paliar las tres cuartas partes de las necesidades
financieras del Estado durante el período.
Los sucesivos
déficit fiscales generados durante la guerra y su incremento en los años
siguientes agudizaron las necesidades financieras del Estado. Este fenómeno fue
acompañado por la desvalorización del peso uruguayo con relación al dólar y a
la libra. En este empeoramiento de la situación cumplió un papel importante la
reanudación en 1921 del servicio de la deuda externa. La exportación de oro
para pago de dicho servicio, contribuyó a debilitar más la balanza de pagos y a
acentuar la desvalorización de la moneda. Todo empujaba a la necesidad de
conseguir un empréstito para evitar la salida de oro, o sea, conducía a la
situación en extremo desfavorable que desembocó en el empréstito con el City
Bank de 1921. Su objetivo fue en sus dos terceras partes cubrir déficit presupuestales y el resto con
destino a obras públicas.
A pesar de la
crisis del sector exportador en la inmediata postguerra, a partir de 1922 el
capital local volvió a convertirse en la más importante fuente de crédito para
el Estado. Cinco deudas internas por un monto de 30,5 millones de pesos (el
triple de lo obtenido en Nueva York), se concertaron entre 1922 y 1923, en
condiciones más favorables que las del préstamo del City Bank. Esto significa
que el capital local siguió adquiriendo bonos de deuda pública a pesar de que
fue postergado respecto a los acreedores externos al momento de reanudarse la
amortización de la deuda.
Las dificultades
ocasionadas por las diferencias de cambio en el servicio de la deuda, resultado
de la desvalorización del peso, los perjuicios que producía el depósito de
ingentes sumas en el Banco de Londres proveniente de las rentas de aduana para
el servicio de la Deuda Consolidada de 1891 (como también las de 1896, 1905,
1914 y 1919) y la necesidad de acordar los términos para comenzar a saldar las
amortizaciones impagas entre 1915 y 1920, dieron lugar -luego de muchos
intentos fracasados- a la “Misión Hughes”, que condujo al arreglo de la deuda
externa.
La devaluación
de la moneda uruguaya hacía que se requirieran cada vez más pesos para adquirir
las libras necesarias para el pago de
los intereses y de la amortización de las deudas. Estas pérdidas por diferencia
de cambio, entre el valor nominal del
peso y su valor efectivo en el mercado de cambios, se incrementaban porque los
cupones de deuda radicados en el país emigraban a Londres para ser cobrados en
moneda más fuerte, como autorizaban los contratos originales. Las ganancias de
la especulación con las diferencias de cambios eran muy grandes.[16] El acuerdo estableció
plazos largos para pagar la amortización adeudada y puso un límite al monto que
debía apartarse de la recaudación de aduana para el pago del servicio de deuda,
estableciéndose además que las liquidaciones se harían en forma trimestral.
En estos años la
emisión de deuda externa se convierte en la principal fuente de financiamiento
y si bien el capital local adquiere más de 25 millones de pesos en papeles
públicos, éstos representan sólo un 36% de la deuda pública emitida. Esta
situación se explica por las condiciones favorables que ofrecía el mercado
internacional de capitales.[17]Más del 40% del total de
la deuda externa que contrajo el país en los primeros treinta años del siglo XX
se concretó en el quinquenio siguiente al arreglo de 1925. La plaza financiera
donde se colocaron los títulos fue nuevamente Nueva York y las operaciones que
se consumaron se conocen como Primer y Segundo Empréstito Hallgarten (por la
casa financiera que operó como agente). Su principal destino fue vialidad e
hidrografía; a lo que se suma un importante crédito obtenido por la
municipalidad de Montevideo y destinado también a vialidad. El mejoramiento de
las condiciones de estos empréstitos, especialmente el primero, en cuanto a
interés, plazo de amortización y tipo de
colocación muestran la acumulación de capitales en la plaza financiera
internacional.
En vísperas de
la crisis económica mundial, que diseñaría un escenario distinto, la deuda
pública uruguaya ascendía a 239,4
millones de pesos de los cuales el 60 % (148 millones) correspondían a
deudas emitidas en el exterior.
Como hemos señalado en otro trabajo[18], el mercado internacional de capitales marcaba la tónica
de la estructura de la deuda pública uruguaya. No obstante, en las primeras
tres décadas del siglo XX la participación del ahorro interno fue decisiva,
actuó como reaseguro ante las restricciones en el mercado mundial y por esa vía
aumentó su importancia como fuente de financiamiento del estado. Los años
treinta ofrecerán una coyuntura muy compleja para las finanzas públicas y en
esa medida marcaron un quiebre importante en la evolución de la deuda pública
uruguaya.
La crisis
mundial que se inicia en 1929, impactó
fuertemente a partir de 1931 en Uruguay. Dada la estructura todavía fuertemente
agroexportadora de su economía, la caída de las exportaciones, tanto en precio
como en volumen, condujo nuevamente a la
desvalorización del peso uruguayo. La necesaria
restricción de las importaciones (que reducía las rentas del Estado) y
la rigidez a la baja del gasto, tuvo como consecuencia inmediata el incremento
del déficit fiscal.
La Gran Depresión
condujo no sólo a la disminución del comercio sino también del movimiento de
capitales. No podía pensarse en nuevos créditos externos y la desvalorización
de la moneda volvía cada vez más gravoso el servicio de la deuda externa. Las
pérdidas por diferencia de cambio, entre el valor nominal del peso y su valor efectivo en el mercado de
cambios, se incrementaban porque al igual que en los primeros años veinte en
ocasión de la desvalorización del peso, los cupones de deuda radicados en el
país emigraban para ser realizados en moneda más fuerte, en París, Londres o
Nueva York tal como autorizaban los contratos originales. Los talones de deuda cobrados en Montevideo eran pagados en pesos a la par (1libra =
$4,70), cobrado en Londres se obtenían libras, y por cada libra en el mercado
clandestino se obtenían $12,70.[19] El mismo hecho de que el
gobierno uruguayo debiera prohibir reiteradamente la exportación de títulos y
cupones de deuda, demuestra la escasa eficacia de las medidas adoptadas para
evitar la “fuga”.
El default era
el único camino realista. El 19 de enero de 1932 se resolvió aliviar la
situación suspendiendo, previa consulta
con el Consejo de Tenedores de Londres, el servicio de amortización de la deuda
externa. El alivio en las obligaciones anuales del Estado se aproximaba a los 5
millones de pesos, que no dejaban de ser significativos en un Presupuesto de
Gastos de la Administración Central de alrededor de 30 millones.
El agravamiento
de la crisis y de la desvalorización del peso, así como la emigración de
cupones, condujo al gobierno uruguayo, en julio de 1933, a disponer que los intereses de la deuda externa se pagaran en pesos
uruguayos y a la par, por lo que las pérdidas por diferencias de cambio las
sufrirían los tenedores de los títulos.
Las protestas y
presiones diplomáticas de Francia e Inglaterra obligaron a revisar esta medida
de “pesificación” de los intereses de la deuda. En diciembre del mismo año 1933
el gobierno resolvió volver a pagar los intereses en moneda extranjera, pero
limitándolo al tope de 3,5% cualquiera fuera la tasa establecida en la
concertación de los empréstitos (los intereses eran desde 3,5% de la
consolidada a 5%, 6% y 8% de otros empréstitos). Por lo tanto, los intereses de
la deuda consolidada (que significaba el
40% del total de la deuda externa) se seguían pagando en su totalidad.
El
restablecimiento de la amortización de la deuda externa recién se produjo entre
1937 y 1939. En 1937 se realizó la conversión de las deudas con Estados Unidos
y en 1939 se llegó a acuerdos con Inglaterra y con Francia. "Los arreglos fueron verdaderos
concordatos realizados con la finalidad de restablecer los servicios de
amortización y obtener quitas en los servicios de interés y amortización".[20]
En el marco de
la paralización del crédito internacional, las necesidades financieras del
sector público sólo podían subsanarse con emisión de deuda interna. Sin
embargo, la negativa señal que significara para los inversionistas la suspensión de la amortización[21] y la aguda recesión
económica que se instaló en el país, retrajeron al capital local.[22] Además, el desarrollo
industrial que se aceleró al promediar los años treinta, pudo haber generado
una corriente de inversiones en la industria manufacturera competitiva del
ahorro interno: la deuda pública no era la única alternativa de inversión.
La solución para
satisfacer las urgencias financieras del erario llegó de una fórmula que ya se
había aplicado pero que ahora se volvió fundamental: se impuso a los organismos
del Estado la inversión de sus fondos de capitalización en bonos de deuda
pública. Así comenzó un proceso que fue constante hasta los años sesenta: la
radicación de la deuda interna en organismos públicos, especialmente los
institutos de previsión social.
Al final de los
años treinta la deuda pública se distribuía en partes iguales en títulos
emitidos en el exterior y en el país.
Hacia 1940 había culminado
el complicado proceso de “arreglo” de las deudas públicas. El nuevo escenario
se caracterizó por la imposibilidad de colocar títulos en el mercado
internacional de capitales debido a la situación de guerra mundial hasta 1945 y
a la preferencia otorgada por los inversores internacionales a la
reconstrucción de Europa, más tarde.
Las necesidades financieras del sector público tendieron a ser satisfechas apelando al ahorro interno y ello derivó en un cambio sustantivo en la estructura de la deuda pública. Entre 1939 y 1958 la emisión de títulos de deuda interna fue el instrumento excluyente a través del cual se obtuvo los recursos para hacer frente al déficit y también para dinamizar la inversión pública. No obstante, desde los años cuarenta –aunque sólo en forma marginal hasta llegar a los sesenta– apareció una nueva práctica del uso del crédito externo, tal fue la utilización de recursos provenientes de las instituciones de cooperación internacional. Entre los principales institutos a los que recurrió Uruguay en los años cuarenta y cincuenta, encontramos organismos multilaterales de crédito como el Banco Mundial (BIRF) y Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y, también, agencias de los Estados Unidos tales como el Banco de Exportaciones e Importaciones (EXIMBANK) y el Programa de la Ley 480 de excedentes agrícolas.
De cualquier manera el
predominio del endeudamiento interno fue la tónica hasta 1958. Ello queda de
manifiesto en el Cuadro Nº 3, donde se presenta una estimación de la
participación del endeudamiento interno en el total de la deuda pública
uruguaya.[23] El
único instrumento utilizado fue la emisión de títulos en moneda nacional cuya
tasa de interés se volvió progresivamente negativa en términos reales, dado el
incremento de la tasa de inflación desde la segunda mitad de los años cuarenta.
Con una tasa de interés real
negativa, las posibilidades de colocar papeles públicos en el mercado se volvió
extremadamente dificultosa. La solución vino de la mano de un recurso al que se
venía apelando desde los años treinta: el progresivo “empapelamiento”,
colocación de la deuda emitida en los organismos públicos, especialmente las
cajas de jubilaciones.
|
Cuadro 3 Deuda
Interna como porcentaje del Total del Endeudamiento Público (1939-1958) |
|||
|
Año |
% |
Año |
% |
|
1939 |
51 |
1949 |
77 |
|
1940 |
54 |
1950 |
79 |
|
1941 |
58 |
1951 |
79 |
|
1942 |
62 |
1952 |
80 |
|
1943 |
65 |
1953 |
80 |
|
1944 |
69 |
1954 |
82 |
|
1945 |
71 |
1955 |
83 |
|
1946 |
71 |
1956 |
84 |
|
1947 |
73 |
1957 |
86 |
|
1948 |
75 |
1958 |
87 |
|
Fuentes: Anuarios Estadísticos; Damonte, J.
y Sarachaga, D. (1971); Ferrando, J.(1969). |
|||
Este proceso fue posible por
las disposiciones legales que determinaban de manera imperativa la inversión de
los fondos de ciertos organismos en títulos públicos. Especialmente debe
considerarse en esta situación a las Cajas de Jubilaciones y a la Caja Nacional
de Ahorro Postal. Una aproximación al estudio de los “tenedores de Deuda
Pública” en el período aporta evidencia al respecto. En 1930, la Deuda Pública
en manos de organismos públicos se ubicaba en torno al 28% del total
circulante; en 1959 equivalía al 85% del mismo (Cuadro 4). Este extraordinario
incremento se procesó, tanto por inversión directa de los fondos de dichos
organismos en títulos, como por el uso de los mismos por parte del Gobierno
para cancelar deudas de aportes jubilatorios. Este último mecanismo contribuyó
a que casi las dos terceras partes de los títulos en posesión de organismos
públicos correspondieran a las Cajas de Jubilaciones.[24]
El progresivo debilitamiento
financiero de los institutos de seguridad social, en los años cincuenta,
representó una fuerte restricción para cubrir las necesidades financieras del
sector público a través de la emisión de deuda interna. Posiblemente, aunque el
recurso a la emisión monetaria pudo estar presente a lo largo del período,
entonces se convertiría en prácticamente única alternativa de financiamiento. Después
de 1954 la saturación de papeles públicos en el mercado de valores enlenteció
la colocación de los mismos y no habría dejado otro camino que incrementar el
número de billetes circulantes; entre 1955 y 1959 el ritmo de emisión se
aceleró notablemente.[25]
|
Cuadro 4 Deuda
Pública Uruguaya en poder de los Organismos Públicos (%) (en pesos
corrientes) |
|||
|
Año |
% |
Año |
% |
|
1930 |
28 |
1950 |
66 |
|
1939 |
52 |
1955 |
79 |
|
1945 |
44 |
1959 |
85 |
|
Fuentes: Bertoni, R. y Sanguinetti, C. (2003). |
|||
Durante esta etapa, las fuentes de financiamiento interno se volvieron virtualmente inexistentes en moneda nacional. El endeudamiento interno en dólares comenzó a fines de la década del sesenta, cuando el Estado emitió por primera vez títulos públicos en moneda extranjera que se colocaron en el mercado financiero interno. Se trataba, además de conseguir financiamiento, de evitar “la fuga de capitales” que se canalizaba a través de los depósitos en moneda extranjera en el exterior frecuentes desde –por lo menos– fines de la década del cincuenta.
No obstante estas medidas, desde los años sesenta hasta la actualidad, la mayor parte de las necesidades de financiamiento del Estado fueron cubiertas por el crédito externo, mediante el ya tradicional recurso al mercado de capitales, los préstamos de los organismos multilaterales de crédito y los de los bancos transnacionales.
Los instrumentos de
endeudamiento se diferenciaron claramente de los que se aplicaron en la etapa
anterior de globalización financiera. Comenzaron a aplicarse plazos de
amortización más cortos y tasas de interés variable o flotantes, que aseguraban
a los acreedores contra los riesgos inflacionarios y dejaban expuestos a los
deudores a las fluctuaciones de la tasa de interés internacional.
Por otra parte, los
organismos financieros creados en Bretton Woods (FMI y Banco Mundial en
particular), adquirieron un papel directriz en el mercado financiero
internacional, imponiendo programas de
ajuste estructural que implicaban
condicionamientos “cruzados” de ambos organismos sobre los países deudores.
Otra modalidad que cobró
vigencia en este período fue la de los préstamos obtenidos en la banca privada
internacional –o transnacional–. Estos se contrajeron sobre la base de las
tasas de interés del mercado internacional a través de títulos negociables, lo
que alentó el desarrollo de un mercado secundario de esos valores.
a) Estancamiento
productivo, inflación y déficit fiscal (1959-1973)
La nueva deuda externa uruguaya formó parte del conjunto de desequilibrios económicos que se originaron en el estancamiento estructural de la producción nacional. El PBI dejó de crecer en 1957. “Entre 1955 y 1973, la cuenta corriente de la balanza de pagos experimentó un déficit acumulado de 285 millones de dólares, y simultáneamente el país sufrió una pérdida de reservas internacionales de casi 140 millones de dólares. Por otra parte, a partir de 1962 y hasta 1973, la fuga de capitales alcanzó una magnitud de casi 415 millones de dólares...”.[26] Una muestra de las dificultades para manejar esos factores de desequilibrio estaría en que, entre 1960 y 1973 se firmaron seis cartas de intención con el FMI.
Mientras que en los años
sesenta la principal fuente de financiamiento fueron los organismos financieros
internacionales (Banco Mundial, BID, FMI), en los setenta la abundancia de
capitales en los mercados financieros
por un lado, y los cambios que se producen en los instrumentos de crédito por
otro, permitieron una gran expansión de la deuda con la banca transnacional. En
cuanto al destino de los préstamos, los dos tercios del endeudamiento público
externo fueron asignados a enjugar los desequilibrios fiscales.
b) La apertura económica:
liberalismo comercial y financiero (1974-1981)
La gran expansión de la
deuda pública externa del Uruguay en las últimas décadas del siglo XX, forma
parte de un escenario de formidable expansión del endeudamiento a escala
mundial. Basta mencionar que la deuda externa total del mundo capitalista
periférico llegaba casi a los 900 mil millones de dólares en 1983, habiéndose
duplicado entre 1980 y 1983. Alrededor de la tercera parte de esa cifra era
adeudada por los países latinoamericanos.
El contexto internacional que emergió después
de 1973 –abundancia de petrodólares– y la discrecionalidad con que se manejó el
gobierno dictatorial en cuanto a las alternativas de financiamiento abrieron
una nueva fase en la evolución de la deuda pública uruguaya. En el marco de la
política liberal de fomento de las exportaciones y eliminación de las trabas a
las importaciones, operó la apertura financiera de la economía: luego de
eliminarse en marzo de 1976 el curso forzoso de la moneda nacional que abrió
paso a la progresiva dolarización de la economía, se eliminaron los topes
máximos a la posición de los bancos en moneda extranjera y se aumentaron los
topes máximos de las tasas de interés. La apertura financiera se profundizó
luego del establecimiento de la “tablita”, que fue creando un acentuado atraso
cambiario. Fue la época del apogeo de las importaciones y de la entrada de
capitales especulativos de corto plazo.
Entre 1973 y 1978, el origen del
financiamiento de la deuda se caracterizó por el predominio de los organismos
multilaterales y la emisión de títulos públicos. Durante la vigencia de la
“tablita”, fue importante el financiamiento bilateral; además, con carácter
marginal se emitieron bonos en moneda nacional con altos intereses. Entre 1980
y 1981 pasó al primer lugar el acelerado endeudamiento con la banca privada
extranjera. En cuanto al destino del endeudamiento, el principal en los
primeros años de estabilización económica fue el déficit fiscal, luego hubo
importantes inversiones en obras públicas (Represas de Palmar y Salto Grande,
apoyo a la construcción de viviendas del BHU, etc). Al final, próximo al
colapso, el endeudamiento con los bancos privados parecería indicar, la
necesidad de cubrir el déficit de la balanza de pagos, producido por el volumen
de las importaciones y el retiro de capitales. La situación volvió imposible
mantener el cronograma cambiario.
c) Crisis, colapso
financiero y negociaciones de la deuda (1982-1991)
El quiebre de la “tablita”
en noviembre de 1982, constituyó el momento culminante en el proceso de retiro
de depósitos de no residentes y fuga de capitales, precipitándose la crisis del
modelo. El resultado fue el retorno “a tasas de inflación superiores al 60%
anual, a déficit fiscales superiores al 5% del PBI y a los consecuentes
programas ortodoxos de estabilización. Pero en un cuadro más complicado:
niveles de salarios en casi la mitad de sus promedios históricos; tasas de
inversión negativas; vulnerabilidad acrecida por la elevada dolarización de los
activos financieros internos y
endeudamiento externo superior al 80%
del ingreso nacional”[27]
Entre 1981 y 1982 la deuda pública externa pasó de 1.447 millones de dólares a 2.687 millones, 86% de aumento en un año. Más de 1.200 millones de dólares que, en su mayoría, financiaban los desequilibrios causados por la especulación financiera. En 1981 el grueso de la deuda pública estaba radicado en el sector no financiero, con sólo 267 millones de deuda en el sector financiero público (BROU, Banco Central y BHU), en 1982 éste, y en especial el Banco Central, era responsable de 1.888 millones de dólares. La deuda del sector no financiero se debía principalmente al financiamiento de déficit fiscales acumulados. Los del sector financiero en su mayor parte a operaciones de salvataje de bancos privados realizadas por el Banco Central mediante compra de carteras de difícil cobro (lo que explica que dentro del total de la deuda externa uruguaya –pública y privada– la deuda pública pasase entre 1981 y 1982 del 46 al 63% y la del sector privado del 54 al 37%).
Luego de la crisis de 1982,
el mercado internacional de capitales se distorsiona totalmente en el marco de
la renegociación de las deudas del Tercer Mundo, restringiéndose fuertemente la
inversión de capitales en América Latina. En medio de una aguda recesión, la
única alternativa de financiamiento que crece en Uruguay es la emisión de
títulos de deuda. Luego del retorno al régimen constitucional, en 1985,
recomienzan los préstamos de los organismos internacionales.
Intentando refinanciar la
deuda externa pública y privada, el gobierno militar firma a comienzos de 1983
un acuerdo con el FMI, sobre la base de una mayor compresión salarial,
equilibrio fiscal, control de la oferta de dinero y mantenimiento de las bases
del modelo neoliberal. En medio de una
aguda caída del producto y de las condiciones de vida de la población, el Banco
Central realizó nuevas operaciones de
compra de carteras incobrables de la banca privada, por un valor que, sumado a las adquisiciones
realizadas en 1982, llegaba a los 680
millones de dólares. Paralelamente, el gobierno
intentó renegociar la deuda con la banca transnacional, alargando plazos
y posponiendo vencimientos, a cambio de aumento en las obligaciones y en el
costo de los intereses. Con dinámica perversa aumentaba el déficit fiscal, que
fue financiado con mayor emisión de bonos y letras de tesorería en moneda extranjera, tanto en los últimos
años de la dictadura como durante el primer gobierno constitucional. Dichos
bonos y letras en dólares fueron colocados entre residentes y no residentes.
El gobierno de Sanguinetti
firmó en 1985 un acuerdo con el FMI, siguiendo los lineamientos tradicionales.
Sobre la base de ese acuerdo, y en un marco de renegociaciones similares de la
deuda por parte de varios países latinoamericanos, el gobierno uruguayo
renegoció en dos oportunidades –en 1985 y en 1987– la deuda con los bancos
privados transnacionales.
La evidencia de la
imposibilidad de cobrar las deudas en las
condiciones originales, llevó a que los acuerdos incluyeran la extensión
de plazos y la reducción de intereses. En el de 1987 se incluyó la posibilidad
de capitalización de intereses, que se llevó a cabo en 1988 y en 1989.
Consistía en la compra, por parte de los inversores, de títulos de deuda por
valor de su cotización al 60% y su canje en el país por determinados recursos
con valor equivalente al 86% del valor nominal de sus títulos.
Paralelamente en el ámbito
gubernamental de EEUU surgieron –entre 1985 y 1989–sucesivos planes de arreglo
de la deuda con los países subdesarrollados,. El primero fue presentado por J.
Backer –Secretario del Tesoro en 1985–, luego surgió el Plan propuesto por el
senador B. Bradley en 1986, en que se planteó por primera vez la reducción de
intereses y la rebaja parcial de los compromisos asumidos por los deudores.
Finalmente, el Plan Brady, propuesto en 1989 por el Secretario del Tesoro de la
administración Bush, planteó tres medidas: reducción de tasas de interés,
cancelación parcial del capital adeudado y el suministro de fondos “frescos” a
los países deudores.
d) La historia vuelve a
repetirse...
La puesta en marcha del Plan Brady y la incorporación al mismo de Uruguay permitió que en los años noventa floreciera la emisión de títulos de deuda que encontraron colocación en el exterior (aunque también parte de los mismos se radicaron finalmente en el país). Los títulos uruguayos alcanzaron el “grado de inversión” en el concepto de las calificadoras de riesgo y ello fue interpretado como condición suficiente para continuar con la orientación de la política económica de atracción de ahorro externo. El ritmo del endeudamiento, aunque alarmante, se mantuvo durante toda la década, más allá de que algunos indicadores de sostenibilidad empezaran a mostrar signos de deterioro.[28] En diciembre de 2000 el monto de la deuda pública uruguaya se acercaba a los diez mil millones de dólares.
Una vez más llegó la hora de la verdad y en 2002 la crisis se desató. También una vez más, el Estado uruguayo sólo pudo hacer frente a la misma incrementando la deuda pública. Entre diciembre de 2000 y diciembre de 2002 el endeudamiento del sector público pasó de 9.100 a 11.400 millones de dólares, cifra que representaba casi el 120% del PBI. En este contexto el monto de la deuda externa llegó al equivalente del valor de las exportaciones de cuatro años y medio.
En el siglo largo que abarca
este trabajo, la deuda pública uruguaya tuvo
un importante crecimiento, pasando del equivalente a 12 millones de
dólares en 1870, a superar los 600 millones en términos reales al iniciarse el
siglo XXI.
Los momentos de mayor
incremento de la deuda, coinciden con los escenarios de globalización de la
economía mundial, que caracterizaron las tres o cuatro décadas previas a la
Primera Guerra Mundial y los últimos treinta años del siglo XX.
Entre 1870 y 1910 y entre 1970-2002 la tasa
de crecimiento del endeudamiento alcanzó el mismo importante guarismo de 5.8%
acumulativo anual; en ambos períodos, como era lógico esperar, el análisis de
la estructura de la deuda pública informa que el crédito externo fue el
responsable de dicho crecimiento. Ello se dio en el marco de un importante
grado de apertura de la economía uruguaya y en ausencia de regulaciones a los
flujos de capital, escenarios que la hacían sumamente vulnerable a los shock
externos. Todas las “crisis de deuda” en el Uruguay moderno –1890, 1914, 1932,
1982 y 2002– fueron la culminación de fuertes procesos de endeudamiento, con un
mercado internacional pletórico de
capitales en busca de colocación. Estos procesos configuraron situaciones que
comprometieron la sostenibilidad fiscal.
Desde el estallido de
la Primera Guerra mundial el ahorro
interno se constituye en una importante fuente de financiamiento del Estado, y
desde la Gran Depresión, en la única fuente. Esta situación es resultado de la
acción sinérgica de dos fenómenos: primero, la desarticulación del sistema
económico internacional y luego, el carácter introvertido que asumió la
economía uruguaya hasta los setenta del siglo XX, durante el transcurso del
crecimiento por sustitución de importaciones y expansión del mercado interno.
En un primer momento, el
financiamiento interno apeló al ahorro voluntario, y luego al forzoso, a medida
que la tasa de interés real de los títulos públicos se volvía negativa. A
partir de entonces, los organismos públicos (especialmente las cajas de
jubilaciones y pensiones estatales) constituirían la única alternativa para
captar fondos. La desvalorización de los títulos en poder de dichas cajas,
contribuyó a la crisis de las mismas y el círculo se cerró. El ahorro interno
se esfumó como fuente de financiamiento en los años sesenta.
En síntesis: la evolución de la deuda pública uruguaya aparece fuertemente vinculada a la situación del mercado internacional de capitales, que constituiría la variable independiente que determina la estructura y el nivel del endeudamiento.
Por otra parte, la
recurrencia de la crisis de la deuda en 1982 y 2002 parecen mostrar que los
hacedores de política económica poco han aprendido de la historia del país, aún
de la más reciente.
[1] Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto I+D “Las finanzas públicas uruguayas en el siglo XX y el papel redistributivo del Estado”, financiado por la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la UDELAR. Agradecemos la colaboración de Paola Azar y Henry Willebald, investigadores del Área de Historia Económica del Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República.
[2] La precariedad fiscal y el estado de “guerra civil” que caracterizó al “Uruguay pastoril y caudillesco” durante casi todo el primer medio siglo de vida independiente, determinaron las condiciones leoninas de los empréstitos con los que gobiernos intentaron enjugar los déficit de las finanzas estatales.
[3] En este año se firmó la “Convención Preliminar de Paz” entre las Provincias Unidas (Argentina) y el Imperio de Brasil por el cual se declaraba territorio independiente la Provincia Oriental, con el nombre de Estado Oriental del Uruguay. La mediación británica protagonizada por Lord Ponsomby tuvo un papel decisivo en este desenlace.
[4] Los negocios del Barón de Mauá, capitalista brasileño,
estuvieron también muy vinculados a las necesidades financieras del sector
público uruguayo.
[5] La primera “carta intención” con el FMI data de noviembre de 1960.
[6] La fuerte regulación del mercado financiero se reflejaba en los topes máximos –establecidos por ley– a las tasas de interés que se podían manejar en el sistema bancario.
[7] La “tablita” fue el nombre con que se conoció popularmente el tipo de cambio preanunciado que rigió entre 1979 y 1982, en el marco de una Política Económica que –conceptualmente– procuraba alinearse al denominado “enfoque monetario de la balanza de pagos”. Este instrumento fue considerado básico para la estabilización de precios puesto que se ligaba la evolución interna de los mismos con la externa, vía arbitraje internacional.
[8] Se excluyen algunos episodios que tuvieron lugar antes de 1870, dada la ausencia de un verdadero poder estatal.
[9] Vincúlese este fenómeno con las medidas adoptadas por el Consejo Nacional de Administración al decretar el control de cambios y la suspensión de la amortización de la deuda pública.
[10] Es
necesario aclarar que las fuentes
definen deuda interna y externa en función del mercado en que son
emitidos los títulos o contraídos los empréstitos y que, por lo tanto, la
residencia de los tenedores debe ser estimada. El BCU sólo ofrece información
para los últimos años. La estimación de los bonos de deuda externa en manos de residentes
ha sido realizada en Bertino, M.;
Bertoni.R, (2003), “Deuda Pública y Capital Local. Una compleja relación”. Documento de Trabajo (DT) 08/03,
Montevideo, Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y de
Administración.
[11] Este empréstito fue aprobado el 12 de mayo de 1883. Es interesante señalar que unos días después (28 de junio de 1883) el gobierno argentino concertaba también una importante operación de conversión de deuda interna en deuda externa. Citado por Guillermo Vitelli: Las seis convertibilidades de la moneda argentina: la reiteración de una misma historia. Ponencia publicada en CD “XIX Jornadas de Historia Económica”, San Martín de los Antes. Argentina, 2004, p. 14
[12] Nahum, B. (1994) p. 52.
[13] Nahum, B. (1994) p. 62.
[14] Nahum, B. (1994) p. 26.
[15] Nahum, B. (1994) p. 73.
[16] El gobierno intentó –con poco éxito- frenar la salida de
cupones para su cobro en el exterior. No obstante resulta interesante ahondar
en esta cuestión para discutir el efecto de la internación de la deuda.
[17] Zubillaga señala que “al bajar en 1924 al 3% el tipo de
redescuento en los Estados Unidos, los capitales norteamericanos buscaron
mercados de mayor rendimiento, por lo que Uruguay pudo entonces colocar –con la
aceptación de cargas menores- sus empréstitos de 1926”. Zubillaga, C. (1982) p.
224.
[18] Bertino M. y Bertoni, R. (2003).
[19] Acevedo Alvarez, E. (1934) p.131.
[20] Berchesi, N. (1944) p.
269.
[21] El restablecimiento del servicio de amortización de las deudas internas se concretó recién en 1937, luego de una operación que unificó en la "Deuda de Conversión 5%" veintiuna deudas en circulación.
[22] En noviembre de
1932 se completó lo iniciado en enero, a la suspensión de la amortización de la
deuda externa se sumó la de la deuda interna.
[23] Para estimar la participación relativa de ambos tipos de endeudamiento se utilizó el tipo de cambio dirigido a la compra ($ 1,519 por dólar americano), cotización que se aseguraba al gobierno para cumplir con sus obligaciones con el exterior.
[24] Bertoni, R. y Sanguinetti, C. (2004).
[25] Bertoni, R. y Sanguinetti, C.
(2004).
[26] Astori, D. (1989) p.16.
[27] Cancela, W. (1990).
[28] Rial, I. y Vicente, L (2004).
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